domingo, 22 de noviembre de 2020

PRÓLOGO

PRÓLOGO.

En los tiempos anteriores a nuestra Universidad zaragozana, la ciencia que en las márgenes del Ebro floreció anduvo suelta la laica, y la sagrada, encerrada en los moldes eclesiásticos, era cultivada con esmero por los capitulares de los dos cabildos catedrales y en los conventos que se erigieron a poco de ser reconquistada la ciudad por el primero de nuestros Alfonsos, y los que en
etapas sucesivas fueron estableciéndose. Hablar de los elementos que integraron la cultura aragonesa es hablar de toda la Historia de España desde los primeros años de nuestra existencia. Todos los pueblos que pasaron por este solar, en él depositaron no pocos sedimentos de su arte, de su ciencia, de su filosofía, de todo lo que constituye, en fin, el bagaje espiritual de las razas. Constantemente están brotando del seno de nuestra tierra importantísimos vestigios de las primeras civilizaciones de la edad de piedra, cuyos instrumentos líticos sirvieron para trazar sobre las rocas todo un arte pictórico netamente hispano, que mucho nos dice del pensamiento y de la filosofía de sus contemporáneos, de abolengo oriental.
Los griegos, con sus establecimientos en la costa levantina, introdujeron algo de sus usos y costumbres, religión y arte, el cual podemos admirar en las monedas antiguas de las regiones autónomas, todas inspiradas en modelos del pueblo genial.
Los romanos, cuyo poder imperial se dejó sentir con todo el peso de su inmensa mole, ejercieron una influencia más intensa. Ellos abrieron, a través de montañas y valles, las primeras vías de comunicación por donde había de circular, hasta el corazón mismo de nuestra nacionalidad, la savia vivificante de la cultura.
Sin llegar a la romanización completa del país, algunos españoles esclarecidos, siempre con espíritu ibero, lograron ser maestros en la literatura clásica, y los Quintilianos y Marciales, los Sénecas y Columelas, adornaron un tiempo las pompas cortesanas de la ciudad eterna.
Con la predicación incierta de Santiago (1), y la de San Pablo, que descansa sobre fundamentos más verídicos, penetró en España el Cristianismo.
La Religión de Cristo es la que realmente modeló el movimiento intelectual de nuestra Patria en todos los tiempos, dando ocasión los martirios de que eran objeto los primeros cristianos, a que Aurelio Prudencio Clemente (2)
produjera sus composiciones líricas, cumbres de la literatura hispano - latina, cantando en himnos inspiradísimos las excelsas virtudes de aquellos aragoneses del siglo III y IV, que antes de renunciar a su fe se ofrecían con valor estoico e impasible a ser víctimas propiciatorias de los verdugos de
Daciano. Otros varios zaragozanos y aragoneses brillaron por su sabiduría en aquellos azarosos días de persecución (3).

(1) M. Menéndez y Pelayo: Historia de los Heterodoxos españoles, 2.a ed. 1917, p. 13.
(2) Rodríguez de Castro: Biblioteca Española, t. 2.°, p. 217. - P. Risco: España Sagrada, t. 31 - Abate Joseph Taulio: Vida de Aurelio Prudencio, 1788, t.1.°, p. 6. - Pérez Bayer: Nueva edición de la Bib. de Nicolás Antonio, t. 1.°, p. 219 - Pedro Juan Ludewig: Disertación de la vida de Aurelio Prudencio, 1720, t. 2.°, p. 494. - Vozio: Historia latina, lib. 2.°, cap. 10. - Andrés de Uztarroz: Aganipe
de los Cisnes aragoneses, págs. 8 y 9. - Latassa: Bib. Escritores Aragoneses,
1796, t. 1.°, págs. 36 - 61. - La Fuente (D. Vicente de): Historia Eclesiástica
de España – Menéndez y Pelayo: Heterodoxos, 2.a ed, 1917, 2.° t., pgs. 16 - 29.
(3) Carrillo: Hist. de San Valero, pgs. 224 - 285 - Blancas: Comentarios, fols. 3 y 11. - Risco: España Sagrada, t. 31, p. 12, n.° 19. - D. Fernando de Aragón: Catálogo Ms. de los Prelados cesaraugustanos. - Murillo: Excelencias de Zaragoza, t.1.°, pgs. 193 - 194.

A Félix de Zaragoza le llama orador San Cipriano, y de la corona de Aragón podemos aun nombrar a San Paciano de Barcelona, escritor correcto y castizo, y su hijo Flavio Dextro (1), que escribió historia muy correcto, algo ciceroniano (2).
Un nuevo elemento hace su aparición en el retablo de nuestra historia. Son las razas septentrionales de Europa, con su virgen espíritu formado en las márgenes del Volga y del Tañáis, que traspasaron las riberas del Danubio y penetraron en los dominios del Imperio en el año 402, llevando al frente a su rey Alarico, del linaje de los Balthos. En el 412 llegan al sur de Francia los godos, fundando en 418 el reino de Tolosa. Ataúlfo, (Adolf, Adolfo) monarca del nuevo Estado, logró romper la barrera pirenaica e invadir las tierras hispanas, y desde entonces comienza una nueva era para la cultura ibérica (3).
Por esta época florecen en nuestra ciudad y en todo el territorio de la Península varios Padres de la Iglesia Visigoda.
Arrancada hasta sus raíces (dice un moderno historiador) por los desbocados caballos de los bárbaros invasores, la cultura que en todo el Imperio romano había brillado, no parece sino que a España cupo la suerte de salvar los últimos restos durante los siglos VI y VII. San Isidoro y toda una pléyade de talentos enormes y los Concilios Toledanos dieron los últimos destellos entre las espesas sombras que habían ya caído sobre la Europa occidental y central, y el Fuero Juzgo fue monumento imperecedero de aquellos dos gloriosos siglos de la Historia de España (4).

(1) Risco: España Sagrada, t. 19, trat. 65, cap. 4.° - Masden (Masdeu), t. 8. - La Fuente (V. de): Historia Eclesiástica de España, t.1.°, p. 219.
(2) Habiéndose perdido su H.a General, los falsarios publicaron cronicones con su nombre.
(3) Desdevirre de Dezert, Les Wisigoths, Caen, 1891. - Francisco Romani y Puigdengolas, Dominación goda en la Península Ibérica, Barcelona, 1896. - Aureliano Fernández Guerra, E. Hinojosa y J. de Dios de la Rada y Delgado, Historia de España desde la invasión de los pueblos germánicos hasta la ruina de la monarquía visigoda, Madrid, 1897.
(4) Cejador y Francos, Historia de la Literatura Española, Madrid, 1915. t. I, p. 100.

La obra del gran obispo hispalense San Isidoro, De viris illustribus, es la que nos da cuenta del músico Juan cesaraugustano, de los obispos Máximo y Braulio, célebres historiadores, y del gran Tejón, filósofo eminente y primero que en su libro Sententiarum redujo a sistema la Teología (1).
Durante los siglos VIII y IX la cultura latina vive ya en sus postrimerías, lánguidamente extinguiéndose y comenzando a fulgurar la del pueblo musulmán, que llega a adquirir toda su pujanza durante los siglos X y XI, cuando todos los países del continente europeo yacían en la ignorancia. Mahoma había logrado en Oriente dar impulso e infiltrar a su pueblo un vigor ardoroso, precisamente cuando la civilización cristiana, a pesar del momentáneo centelleo de Bizancio, se hallaba en ruinas, y el estandarte de la media luna se paseó triunfante por las costas mediterráneas de África, y coronó, por último, las crestas más eminentes de las montañas españolas.
Las obras de D. Ignacio de Asso: "Biblioteca Arabico - Aragonense", publicada en Amsterdan, 1782; D. Miguel Casiri: "Biblioteca Arabigo - hispana escurialense"; D. Francisco Pons Boygues: "Ensayo biobibliográfico sobre los historiadores y geógrafos arábigo - españoles, 1898"; F. Wüstenfeld: "Historia de los médicos y naturalistas árabes (Goettinogen (Göttingen) 1840)"; D. Luciano Leclerc: "Histoire de la Medicine arabe" (París, 1877 - 2.a ed.); y los copiosos estudios biobibliográficos de D. Francisco Codera en el Boletín de la Historia y en su Biblioteca Arabico - hispana. Así como la de sus discípulos insignes D. Julián Ribera, D. Miguel Asín, Gaspar Remiro y otros muchos, que prolijo sería enumerar, muestran numerosísimos nombres de musulmanes españoles cuyas inteligencias privilegiadas constantemente descubrían horizontes nuevos en las Ciencias y en las Artes.

(1) Después fue continuada por San Ildefonso.
(2) De este autor ya damos cuenta extensa en el capítulo "Las Escuelas Teológicas". - Vida y obras de Tejón, "España Sagrada", tomo XXXI; Bonilla, Hist. Filos, esp., t. 1., página 257; T. García Villada, Fragmentos inéditos de Tejón, "Rev. Arch., Bibl. y Museos", enero - febrero 1914; P. Tailhan, Les biblioteques espagnoles du Aut Moyen Age, París, 1877.

Entre los musulmanes aragoneses ilustres podemos enumerar a Mohammad ben Moharec, maula o cliente de Almanzor, conociéndosele también por el nombre de Aben Aljabbar (el hijo del historiador o noticiero) y fue también cronista; murió en 483 (1090) (1). Abú Alí el Çadafí, que, igual que el
anterior, nació en Zaragoza en el año 444 (1052), visitando las escuelas de Valencia y Almería, e hizo su peregrinación a la Meca, bebiendo en las más puras fuentes el saber oriental, residiendo después de su vuelta siempre fuera de su ciudad natal; en Játiva dedicóse a la enseñanza, brillando mucho por su elocuencia y sabiduría (1).
El piadoso musulmán zaragozano Razín ben Moawia, que permanece algunos años en la Meca y escribió la Historia de esta población y un tratado sobre tradiciones (3).
Abderrahaman ben Abdelmelic ben Gaxalian, erudito musulmán que residió algún tiempo en Córdoba dedicado a la enseñanza (3).
D. Julián Ribera, en su discurso "Enseñanza entre los musulmanes españoles", leído en la solemne apertura de curso de los estudios zaragozanos en 1893, nos habla de una Universidad musulmana en nuestra ciudad que se halla
mencionada en una inscripción del final de unos cuadernos copiados por el alumno Xabatón, el de Teruel, fechada en la Universidad mudéjar (en la morería) de Zaragoza, a 19 de Junio del año 851 de la Hegira, y que guardaba en su colección de Ms. don Pablo Gil, ilustre catedrático que fue de esta Facultad de Filosofía y Letras.
Y esto fue, al decir del Sr. Ribera, cuando la decadencia de la civilización musulmana en España principiaba más a acentuarse, sobre todo, en las regiones apartadas del foco principal (Córdoba), como sucedía en Aragón, donde tal vez por la mayor libertad de que gozaban o por la circunstancia

(1) Pons Boigues (Francisco): "Ensayo bio-bibliográfico sobre los historiadores y geógrafos arábigo - españoles"; 1898, pág. 159.
(2) Pons Boigues, op. cit., págs. 177 y 178. - Codera, pról. al Mocham de ben Alabbar. - Pons Boigues, op. cit., pág. 158. - Ibd, op. cit., pág. 206.

de formar núcleo más compacto y unido, continuaron estudiando ciencias árabes, medicina y filosofía, sobre todo, los mudéjares, que produjeron la literatura aljamiada, curiosa, aunque de poco valor, fundando la Universidad a que hacemos referencia.
De la misma manera los judíos (1) elevaron sus escuelas.
El nombre de una sinagoga (midras) indica que allí había una donde no sólo se enseñaban las primeras letras, más también los principios religiosos y el cúmulo de preceptos que hay en el Pentateuco y en el Talmud. La escritura que
allí se enseñaba era la rabínica, pues cuando firman documentos públicos o privados lo hacen con caracteres hebreos.
La cultura, pues, que poseían, no era inferior a la de los cristianos, a veces, superior, como en la Medicina, muy cultivada por los hebreos, como en otras regiones de la Península: el leer y escribir era común entre ellos.
En la sinagoga Becorolim existía un archivo bien cuidado y de alguna importancia. También en las Bellas Artes trabajaron con provecho los judíos: del converso Juan de Leví (año 1403) es el retablo de la capilla de los Calvillos en La Seo de Tarazona. Y judíos zaragozanos ilustres brillaron por su sabiduría en diversas ocasiones históricas importantes.
R. Bechaii bar Moseh, judío de Zaragoza y Prefecto de la Sinagoga de los judíos, fue contemporáneo de Judah Mosca y acreditó su literatura en una Apología que hizo por el Moseh Nebocun, Director de los que dudan, y Tod Chazcan Mano fuerte de Maimónides, que fue impreso en Venecia en la Colección de las Epístolas de Maimónides (2).
Chasdai Qresqas, también nacido en Zaragoza, se distinguió en Filosofía moral e hizo varias traducciones del árabe al

(1) M. Serrano y Sanz: "Los Amigos y Protectores de Cristóbal Colón". Bib. de Aut. Esp.
(2) Rodríguez de Castro: Biblioteca Española que contiene la noticia de los escritores rabinos españoles, t.° I, 160; Madrid, 1781.

hebreo (1) e igualmente Leví ben Elthaban, que escribió una gramática hebrea intitulada Sepher Hamephthahc (2), Libro de la llave. Mathathiah Hahetzahri (3), contemporáneo de R. Chasdai y nació en el año del mundo 5230, de Cristo 1370, comentó los salmos y su obra "Midras Thehillin " publicóse en Venecia con caracteres cuadrados por Cornelio Adel-Kind (en dos líneas, Adelkind), bajo la dirección de Daniel Bomberg en 1547 y fue uno de los principales rabinos que contendieron y arguyeron a Gerónimo de Santa Fe en 1413 (4). Seguramente fue uno de los grandes rabinos de la aljama zaragozana. Vidael Benbeniste, contemporáneo del anterior, célebre orador y talmudista, fue el que dijo la oración primera latina (inaugural) en el Congreso celebrado en Tortosa; compuso una obra mitológica intitulada "Melizah" (5).
Sobre la influencia que ambas civilizaciones semíticas ejercieron sobre la nuestra, andan los escritores modernos con muy diversas opiniones.
Mientras los arabistas ven elementos muslímicos en la filosofía, lingüística, literatura y arte, muy pronunciados, los demás afirman que un pueblo sin patria de origen y por lo tanto sin civilización de abolengo, no hizo más que apropiarse, a través de sus conquistas, la cultura de los pueblos sometidos.
Pero un hecho singular dejaremos aquí tan sólo consignado. Pedro I de Aragón, el único monarca de los tiempos primeros de la reconquista aragonesa, que sabe escribir, lo hace siempre en árabe. Y es que en Aragón la tradición ibérica habíase cortado con la invasión musulmana. Los centros de resistencia contra los árabes, situados en las escabrosidades del Pirineo, habían sido absorbidos por la potestad real francesa, como el más poderoso Estado cristiano limítrofe.

(1) Rodríguez de Castro, op. cit., pág. 367, col. 1 y 2.
(2) R. de C. , op. cit., pág. 73, col. 2.
(3) Ibs, pág. 231, col. 2.
(4) Zurita: "Anales de Aragón", Zaragoza, 1610; lib. 12, cap. 45.
(5) R. de C., op. cit., pág. 229, col. 2, y 240, col. 1.

Además, el pueblo árabe, aunque nómada en un principio, cuando llega a nuestra Región no en vano habían pasado muchos años, y a través del tamiz de su espíritu, las culturas distintas de los pueblos subyugados se transformaron en virtud de su temperamento oriental.
No fueron estos tiempos de luchas constantes de reconquista propicios para que el jardín de las ciencias y las letras fuera cultivado con esmero por los cristianos. Como dice un historiador (1), estas centurias XI y XII fueron de muchos santos y de pocos sabios. Pero, sin embargo, diríase que el siglo XII es la época de hierro sobre cuya sólida base había de elevarse el magno edificio de nuestro engrandecimiento nacional. Alfonso el Batallador, don Alfonso VII el
Emperador, don Ramón Berenguer, el Arzobispo don Bernardo y su émulo Gelmírez, son figuras de primera magnitud, hercúleos cinceladores de Aragón y de Castilla, en la roca viva y eterna del suelo español. Completan el cuadro los santos obispos que restauran las iglesias medio derruidas y las órdenes religiosas que con fervor ascético van poblando los claustros monacales, erigiendo a su vez esos cenobios cistercienses y las grandiosas catedrales, que van, poco a poco, elevando sus torres en ascensión continua, pugnando por escalar las alturas más atrevidas, como indicando al hombre, redimido de la morisma, que se eleve en espiral inmensa y etérea hasta contemplar el Conjunto de todas las bellezas y el Emporio de todas las perfecciones.
Ya en la centuria duodécima principian a alborear las primeras Universidades castellanas y la dignidad de maestrescuela en los cabildos nos indica la organización eclesiástica de las mismas (2). En Aragón, estas organizaciones docentes van a tener otro carácter: el municipal; pero sin perder de vista su primitivo origen eclesiástico en los atrios de las iglesias y en los recintos de los monasterios.

(1) Fuente (D. Vicente de la): Historia Ecc.a de E., t. IV, pág. 201.
(2) Fuente (D. Vicente de la): Historia Ecc.a de E., t. IV, pág. 229.

***

Con la unión de Aragón y Cataluña empieza realmente a surgir la verdadera cultura aragonesa. No por el hecho en sí, sino porque ya libre de luchas el pueblo aragonés, puede manifestar su ingenio: no hay que dudar que la paz es la gran generadora de la civilización.

Castilla sigue luchando contra los musulmanes, constituyendo su ideal la total expulsión del pueblo invasor de sus dominios.
La situación geográfica de Aragón hizo que el ideal político de nuestros mayores fuera muy otro. Extendiéndose los dominios aragoneses en la parte más oriental de la península, pusieron los monarcas y gobernantes de aquel entonces sus ojos en las tierras italianas. Todo su afán, era que el pendón real de su corona ondeara majestuoso sobre las aguas del Mare Nostrum, llevando sus triunfos hasta la misma Atenas, la flor marchita ya de la civilización clásica,
pero entre cuyas ruinas todavía debieron percibir aquellos guerreros catalanes y aragoneses las delicadas fragancias de la filosofía y el arte helénicos. Por otra parte, los Pirineos nunca fueron barrera infranqueable en el mundo de las ideas. Los reyes de Aragón conservaron territorios en el Mediodía de Francia que fueron los receptores de las primeras frondas humanistas de la Europa central. Durante estos tiempos medios, el corso dificultaba los viajes marítimos, siendo esta otra de las causas de la mayor relación de francos y aragoneses.
De una y otra parte, pues, las brisas renacentistas acariciaban constantemente el ambiente de la corona aragonesa.

Hasta los oídos reales debían llegar con frecuencia las nuevas orientaciones de la cultura y los generosos mecenazgos de los Papas y nobles italianos que otorgaban a los artistas, literatos y hombres de ciencia. No podían permanecer inactivas las augustas personas que ocuparon el trono aragonés. Poco después de la creación en Castilla de las Universidades de Palencia y Salamanca, en 1.° de Septiembre de 1300, Jaime II otorga con su firma la fundación de la de Lérida con los mismos privilegios que la de Tolosa. Y la otorga en Zaragoza, firmando como suscribientes todos los altos funcionarios peculiarmente aragoneses.
Fechada en Valencia, a 3 de Junio de 1346, Pedro III escribió una carta (1) a los Jurados de Zaragoza en contestación a la petición que éstos le hicieron (pues los de Lérida renunciaban a los privilegios del Estudio general) de trasladar la Universidad ilerdense a la ciudad del Ebro, diciendo que resolvería tan interesante asunto cuando estuviera en Poblet (2).
Los monasterios, tras cuyos muros se encerró la sabiduría medioeval, se habían erigido en sitios apartados y amenos; por eso perduraba la idea de llevar los centros culturales a los escondidos lugares poco populosos y en donde la Naturaleza fuera propicia para prestar sana amenidad en su campiña.
El monarca fundador de la mencionada Escuela Jaime II, escribe al obispo y capítulo de Zaragoza para que los clérigos de aquella diócesis que cursaren en Lérida se les considere como presentes en la percepción de los frutos de sus
beneficios (3). De esa manera protegían los monarcas a los estudiosos.
Otras órdenes reales insertamos aquí para probar nuestros asertos de la preocupación de nuestros reyes por la cultura.

(1) Arch. de la C. de A., reg. 1060, fol. 178.
(2) El documento irá en el tomo II.
(3) Bofarull: Colección de Documentos inéditos para la Historia de Aragón, t. VI, página 218. (Monasterio de Poblet, Poblete, Populeti)

Jaime II, en 20 de Septiembre de 1301, manda a su tesorero Pedro Rotyl que pague a Fr. Pedro Alegre y Fr. Bernat las cantidades que se les deben por la copia y la iluminación de un salterio, antifonario y otros libros de su
capilla (1).
Alfonso III ordena (2) a súplica del guardián y convento de los frailes menores de Zaragoza que les sean devueltos por los marmesores de Gil Pérez de Tahurt las concordancias de la Biblia y los escritos sobre la suma de Juan Scoto, (Escoto) que había donado Fr. Miguel de Almenara (lector de Zaragoza).
Pedro IV, en Barcelona a 24 de Mayo de 1339, manda a su tesorero que pague al pintor Ferrer Basa la cantidad de 1.000 sueldos, precio de dos retablos destinados al altar de la capilla de la Aljafería. Este gran monumento artístico,
erigido entre la amenísima vega de Almozara, extramuros de la ciudad, por la pompa de la dinastía de los Ben-Hud en el período de los taifas por el Alfajar de Argensola o Aben Alfaje de Blancas como riquísima casa de campo, fue constantemente residencia real de Aragón y, por tanto, objeto de multitud de reformas por parte de nuestros reyes. Así el mismo Pedro IV manda "enrajolar y trespolar (embaldosar y arreglar el techo) la cambra morera de l'aljaferia de Saragoça en las parets de la qual es pintada l'historia de San Jaufre".
El mismo fundó él Estudio General de Perpiñán, concediéndole los mismos privilegios que al de Lérida, en 20 de marzo de 1350, y en 30 de octubre de 1354 recomienda al arzobispo de Zaragoza al capellán Sancho Martín, que había escrito unas gestas en verso sobre los hechos del Rey.
En Cariñena, a 1 de diciembre de 1350, pide las "Crónicas de los reis d'Espanya que eren a l'Alfajeria de Saragoça", y por una orden de 14 de marzo de 1369 ordena que los abogados y médicos no puedan ejercer su oficio sin sufrir un examen y haber estudiado los años prescritos en las Cortes de Monzón y Cervera.

(1) Rubio y Lluch: Documents per la cultura catalana mig-eval, (migeval) t. II, p. 27.
(2) Zaragoza, 23 Agosto 1330.

(Nota: Los textos antiguos casi nunca llevan apóstrofes o tildes. En todos los tomos de Bofarull, hasta el 16, en el que estoy, no encuentro.)

Manda también en 1372, al castellán de Amposta, que lo era el ilustre don Joan Fernández de Heredia, "que ha entregat al seu procurador el llibre Suma de les Histories traduit al aragones: que fará també treslladar les croniques deis Reys d'Aragó predecessors seus y que li enviara la copia para que'l façi continuar en la gran crónica d'Espanya y per ultim que li envie el llibre que li va deixar a París el Rey de França per ferlo aixi mateix traduir a l'aragones", e hizo en el mismo año trasladar el cuerpo de Iñigo Arista al Monasterio de San Victorián. (nota: este texto entre comillas es muy sospechoso, apóstrofes, el llibre, y griega, tildes, també, etc...)
Con gran solicitud, en 1381, el Rey manda que fuera copiado en pergamino el libro de Paulo Orosio y encarga que se lo lleven a la librería de Poblet, que ya se había terminado y poder llevar allí todos sus libros.
Así el Infante don Juan, después Juan I, sostiene correspondencia con el Duque de Berry, el cual le envía libros como una Biblia miniada y de Civitate Dei traducido por Ravul de Prezles. Consulta a la Universidad de París acerca de los libros de Raimundo Lulio (Ramon Llull, Lull, Ramón). También la reina doña Violante la vemos interesarse por cuestiones literarias, agradeciendo al conde de Foix en 1381 el libro de Machault que le envió.
No solamente estos actos externos realizan que se relacionen con la cultura. Ellos eran a las veces literatos. Alfonso II, Pedro el Grande, Federico de Sicilia, Pedro IV y sus hijos Juan y Martín, fueron poetas.
Sabido es que Jaime I fue historiador, siguiéndole Pedro IV y el rey Martín.
Monarcas de un Estado con Cortes libérrimas y con un pueblo y una nobleza de recio carácter, ellos tuvieron que ser oradores con oratoria llena de fe y de entusiasmos, capaz de mover a grandes empresas a aquellos parlamentarios con criterio tan subjetivo.
La dinastía castellana también se muestra gran amiga de la literatura y de las artes. No podemos olvidar las aficiones italianas de un don Alfonso V, ni las menos humanistas del desgraciado Príncipe de Viana. Y, por último, aquel
gran monarca fundador de la nacionalidad española, modelo de políticos, tuvo con los magnates aragoneses (1) ocasión de cooperar con amor y entusiasmo al descubrimiento de América, aun contra el parecer de las Juntas de Salamanca, representantes entonces de la ciencia cosmográfica conocida.

***

En cuanto a la organización docente, en estos tiempos precursores de nuestra Universidad, una manera peculiar descubrimos en las fuentes documentales de nuestro riquísimo Archivo de Protocolos Notariales, para aquellos que pretendían habilitarse para ejercer las profesiones científicas libres. Nada de burocratismo. Los padres o tutores de aquel muchacho que deseaba adquirir una práctica profesional, acudían a casa de un perito en dreyto o de un afamado specierio o ciruragiano y sencillamente le proponían que tomara a su hijo o patrocinado a su servicio; aceptaba el médico o jurisconsulto, y mediante un verdadero contrato de aprendizaje, del cual daba fe un notario de los de Número de la ciudad, el discípulo entraba al servicio de su maestro.
En el contrato se estipulaba el tiempo que había de permanecer a su servicio; las condiciones, y sobre todo, que el maestro había de enseñar al discípulo todo cuanto supiera, de buena fe y jurando ambos cumplir exactamente con su
deber. Pero lo más curioso es que el discípulo o aprendiz no pagaba, sino que el maestro se obligaba a abonarle una determinada cantidad al discípulo.

(1) Ibarra: "Fernando V"; Serrano y Sanz: "Amigos de Colón".

Esta fue la forma usual durante los siglos XII, XIII y XIV, de ejercer la función docente (1).

***

No es de las cosas que menos ennoblecen una ciudad – dice el P. Diego Murillo (2) - los conventos de religiosos que hay en ellas, porque son argumento de la devoción y caridad que hay en sus moradores. Y cierto: por este camino ha mostrado muy bien Zaragoza su grande nobleza.
Y en verdad, los tuvo Zaragoza (3) grandiosos, conservando en sus espaciosas bibliotecas muchos y preciados libros manuscritos e impresos. Hombres de preclaro talento se formaron en sus claustros, cuyos nombres son otros tantos
timbres de gloria de la cultura aragonesa.
Predicadores, Franciscanos, Agustinos, Mercedarios, Trinitarios, Jerónimos, Jesuitas y Carmelitas, todos ellos se establecieron en nuestra ciudad.
El convento de Santo Domingo tuvo varones insignes: unos, eminentes escritores, como Fray Sancho Porta, Maestro de Naturas, orador evangélico y prior del convento. Predicó en la festividad de la Anunciación del año 1410, en
presencia del gran Don Pedro de Luna, Benedicto XIII (4), y de su pluma son inspiradísimos sermones (5); Fray Domingo de Alquézar (6); Fray García de Vulcos, famoso letrado en ambos derechos. Inquisidores insignes también los hubo en este convento, como el P. Fr. Luis de Aliaga, confesor del rey Felipe III, y otros varios.

(1) Tenemos copiados varios contratos muy interesantes: el Sr. Abizanda y Broto, en su obra "Documentos para la Historia Artística y Literaria de Aragón, siglo XX", tomo I, publica algunos muy curiosos, entre ellos uno en el que figura como testigo e! Maestro Ciruelo.
(2) Fundación milagrosa de la capilla... del Pilar y excellencias de la imperial Ciudad de Çaragoça, 1616.
(3) De los conventos nos ocupamos con una relativa extensión en el capítulo de "Órdenes religiosas" y en el de "Colegios".
(4) Maestro Magdalena: "Manual de Dominicos", pág. 56; Fr. Francisco Diago: "Historia de la Prov. de Aragón", lib. II, cap. 32.
(5) Latassa: Bib. Aut. Arag., 1796, II tomo, pág. 140.
(6) Murillo, op. cit., pág. 286.

Confesores de los reyes de Aragón (1) fueron algunos predicadores procedentes del mismo convento: Fr. Juan García, de Don Alonso V; fray
Antonio Ros, del Rey Católico; fray Beltrán de Concanella, de Don Pedro IV, etc. A fray Tomás de Arenas se le sitúa, por su fama de predicador ilustre, después de San Vicente Ferrer. Y sobre todos, el gran Cardenal Xavierre, uno de los primeros catedráticos de nuestra Universidad.
La Orden de San Francisco, cuyo convento cesaraugustano databa de tiempos del Santo seráfico, de igual manera aportó al acervo cultural no menos santos y sabios insignes, como Fr. Felipe de Berbegal, que tanto influyó en el ánimo
de Don Alfonso V para que favoreciera el Hospital general de Zaragoza. Y el P. Murillo, en su obra tantas veces citada; Fr. Juan de San Antonio, en su Biblioteca general franciscana; Herrera, en su Historia de la provincia franciscana de Aragón, y Fr. Tomás Jordán, en su Fundación del Convento de San Francisco (1399), nos traen a la memoria numerosos hombres de ciencia que florecieron en los claustros franciscanos de nuestra ciudad.
Los PP. Mercedarios de París, en la Historia de su Religión; Bernal, en el Compendio de la Historia del Convento de San Lázaro, de Zaragoza; Fr. Bernardo de Bargas, en la Historia general de la Merced, y Fr. Marcos Salmerón, en Recuerdos históricos... de los varones ilustres de la Merced, mucho nos dicen de las glorias de su orden en Zaragoza.
Y de la misma manera las otras órdenes religiosas, más modernas en el cuadro de nuestra historia ciudadana, dieron brillo y gloria imperecedera, como el amable lector ha de ver en el transcurso de este libro sobre la Universidad
cesaraugustana.

(1) Sabido es que el confesor real, en aquel entonces, ejercía a veces acción decisiva en la gobernación de los países.

Estos fueron los elementos que integraron nuestro movimiento cultural. Si a escribir fuéramos ese período sublime de los siglos XV y XVI, podríamos llenar varios tomos de muchas páginas, pletóricos de enjundiosa doctrina. No es
ese nuestro propósito, sino tan sólo manifestar la fecundidad de nuestra tierra en producir talentos preclaros y cuáles han sido los gérmenes más remotos de nuestra Escuela Máxima.

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